El Libro Mudo - Pensamiento / Creencias

Tao Te King

Treinta radios convergen en el eje de una rueda, y sin embargo es el espacio vacío lo que le da utilidad al carro.
Modelando la arcilla se hacen vasijas, y sin embargo es su oquedad lo que las hace útiles.
Puertas y ventanas se abren en las paredes de una casa, pero es la nada de su abertura lo que hace habitable la vivienda.
Lo que existe, sirve para ser poseído.
Lo que no existe sirve para cumplir una función.

 Tao Te King - Lao Tse

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Los reyes magos: esos simpáticos barbudos

Religión

kallejipp / photocase.com

El nuevo testamento, en el primero de sus libros, el de Mateo, nos dice:

Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del Rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer? Mateo 2,1-2, versión Reina-Valera 1960

Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Mateo 2,11, versión Reina-Valera 1960

Poco más se sabe de la historia de estos magos venidos de oriente, todo lo demás o son suposiciones, o vino por añadidura. El evangelista nada dice de que sean reyes, ni de que sean tres, ni de cuáles eran sus nombres. De nuevo nos encontramos con una la iglesia que poco a poco, siglo tras siglo, va dando forma a una leyenda a partir de un bosquejo mínimo, ínfimo diría yo.

 Deberíamos comenzar por el principio de la historia, aquel que nos muestra a estos "sabios" como astrónomos seguidores de la silueta de la "estrella" anunciadora de la llegada del Mesías.

En los últimos años se ha recuperado una teoría elaborada por Johannes Kepler que el 17 de diciembre de 1603,  desde el castillo de Praga del emperador Rodolfo II de Habsburgo, observaba la conjunción entre Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis. Éste, atando cabos, y haciendo gala de su incuestionable fe y de su enorme talento, realizó  los cálculos pertinentes y dio por sentado que algo parecido debió suceder varios siglos antes, allá por la actual Palestina, que recogió la llegada del Salvador.  Kepler fecha el evento en el año 7 antes de Cristo.
La teoría está recogida por varios escritores y periodistas que encuentran la confirmación del echo; alguno llega a afirmar:

Como en tantas otras ocasiones, el análisis de los datos proporcionados por las Escrituras puede constituir un enigma pero su resolución no deriva de negar tajantemente aquellos sino de averiguar la manera en que encajan -generalmente, de manera prodigiosa- en la historia. Como decía el título de una conocida obra de Werner Keller, al final, lo que suele descubrirse es que “la Biblia tenía razón”.

Según esta afirmación, infiero que lo que hay que hacer no es buscar pruebas que demuestren o no un hecho, sino partiendo del hecho, adecuarlo a las pruebas. Veamos por qué lo digo.

Supongamos que siete años antes del nacimiento de Jesús unos sabios orientales, sacerdotes persas de Mitra, habitantes de la actual Irán, observan el firmamento y quedan perplejos ante lo que ellos creen una señal. Antes diré que una conjunción planetaria no es, ni de lejos, el evento luminoso y prodigioso que tenemos en nuestra mente. Deciden, supongo tras hablarlo, seguir la estrella que relumbra en el cielo. Primera contradicción, una conjunción planetaria no aparece, vista desde la tierra como un objeto móvil, por lo que seguirla sería imposible, o más bien, inútil. Los textos sagrados dicen:
Mat 2:9 Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.

Es decir, la estrella se mueve delante de los magos e indica la posición de la venida del niño. Así, con un razonamiento sencillo y simple queda rebatida la idea de la conjunción de Kepler. Se podría argüir, llegados a este punto, que el texto de Mateo es metafórico, y que los magos no siguieron “realmente” a la estrella. Esto, que podría salvar el escollo, sería, bajo mi humilde punto de vista, un error de proporciones bíblicas (nunca mejor dicho), pues abriría una puerta para el descrédito de un hecho en teoría claro, el nacimiento de Jesús bajo un signo celestial, como era habitual de los grandes hombres de la antigüedad.

Otro argumento para desacreditar el seguimiento de los magos de cualquier evento acaecido en el firmamento es la distancia recorrida por estos. ¿Qué evento estelar real puede durar el tiempo suficiente para que los señores magos lo detecten, lo comprendan, dialoguen, se decidan, preparen el viaje y recorran los más de 2000 kilómetros que separa un punto del otro (a camello) por las inhóspitas tierras de oriente medio del siglo I antes de Cristo? Yo no soy astrónomo, pero a mí me salen más días de la cuenta.

Aun aceptando todo lo anteriormente dicho, y suponiendo real la existencia de los magos, siguen existiendo muchas más sombras que luces en el asunto. Hay autores que hablan de 24 magos, otros de 12, incluso de 2. Nadie se pone de acuerdo con respecto al número, que fue establecido en el siglo V por el papa León I el Magno. Los nombres no aparecen hasta algunos años después, en la iglesia de San Apolinar Nuovo, en Rávena (Italia). Como vemos tacita a tacita, construyendo un mito sin otro fin que el de asentar creencias y el de crear opinión.

Como ya comenté en el post dedicado a la Navidad, y por analogía, esto parece más una argucia propagandística que un hecho auténtico acaecido y narrado con fidelidad. Se pretende así hacer pasar por conversos a pueblos que practicaban otra religión, y que pese a ello, enviaron destacados emisarios ( a los que se tilda de reyes con posterioridad para acentuar el hecho, o para dotar de relevancia la palabra mago que comenzaba a estar mal vista) para adorar al Mesías de la nueva religión emergente. Para ello Mateo hubo de inventar una estrella que guía a los enviados (¿cómo si no se enteran los buenos hombres del destacado acontecimiento?) hasta las puertas del pesebre de Belén.

No han faltado mentes “preclaras” que siguiendo también los textos al pie de la letra, y buscando una justificación que les fuera propicia y no una coherente con los hecho “reales” y conocidos, han querido ver incluso ovnis en la estrella guía. Un ovni paciente que se desplazaría por el cielo a ritmo de camello durante varias semanas e indicaría mediante un foco, o una flecha luminosa, váyase usted a saber, la ubicación de un ser, que otros han querido creer extraterrestre. De locos.

Algo menos barbado y posiblemente buscando un nuevo empleo. froodmat / photocase.com

 

Lectura recomendada

 

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La Navidad, ese mágico invento

Religión

Antes de nada, he de dejar claro que no tengo nada en contra de la Navidad, quiero decir, de la fiesta en sí; comer, beber, pasar tiempo con los familiares y amigos...todo esto me parece fantástico, ¿quién no encuentra deseable algo así?. Si hablamos del sentido "profundo" de la Navidad, o de ese otro más vano y comercial que nos invade desde hace años, mi gusto decrece al tiempo que el disgusto hace lo opuesto. Pero no quiero hablar aquí de esta inevitable sociedad de consumo que habitamos, en la que cualquier sentimiento, gusto o afición es susceptible de convertirse en mercadería. Me atrae mucho más la idea de profundizar en el mito, y exponer un par de ideas para poner en entredicho no sólo el fondo, sino también la forma de una festividad que fue adherida al corpus católico en un gran movimiento sincrético sin otro fin que el de obtener fieles a la causa.

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Remontándonos al pasado

La Navidad como la conocemos, parece provenir de una antigua costumbre Babilónica, o incluso de pueblos orientales más antiguos que éste. La noche del 24 al 25 de diciembre es un punto de inflexión a partir del cual los días comienzan a ser más largos, por lo que esta fecha fue la elegida por multitud de dioses de la antigüedad para su renacimiento (Mitra, Horus, Tamuz).

Si nos remontamos a Babilonia, como apunto en el párrafo anterior, encontramos una interesante leyenda, que mirada con un poco de detenimiento presenta unos paralelismos sorprendentes con nuestra Navidad. Nimrod, Semiramis y Tamúz son tres personajes de leyenda, que de existir, debieron haber vivido en torno a 1000 o 1500 años antes de la venida de Jesús. Nimrod, llamado primer rey de la humanidad, era considerado un dios. Tras su muerte, su esposa Semiramis quedó embarazada. Ella aseguraba que la concepción había sido realizada por mediación de su difunto marido; su hijo había sido concebido así de una forma sobrenatural: él era la semilla prometida, el "salvador del mundo". El niño que iba a ver la luz no era más que el mismo Nimrod, reencarnado en su vientre para renacer. El nombre que recibió ese niño fue Tamúz, y fue conocido como el niño dios, o hijo de  Dios. Éste vino al mundo un 25 de diciembre. Desde ese punto los tres fueron venerados como dioses pues la substancia divina los había tocado (vemos aquí una evidente relación a la Santísima Trinidad).

De un portal en Belén

Como hemos visto, la tradición babilónica ya incorporaba determinadas ideas que se perpetuaron en la cristiana. Si afrontamos la llegada de Jesús, dejando al margen si éste existió o no realmente, podemos comprobar que los evangelios nos hablan de un nacimiento humilde  (punto diferenciador y novedoso con respecto a la tradición babilónica), pero de una concepción sobrenatural y de la elevación a los altares del hijo de dios, aunque ésta se produjera con posterioridad y siguiendo otros caminos. La fecha exacta del nacimiento de Jesús no queda clara, pero de ningún modo fue en diciembre. Varios autores aseguran con rotundidad que éste debió producirse en meses más cálido, pues los pastores que se acercaron a adorar al niño pernoctaron a la intemperie con sus rebaños, algo de todo punto imposible en los fríos inviernos de la zona.

Cuando la religión católica fue institucionalizada por el imperio romano, adaptaron su Saturnalia (festividad en honor a Saturno, Dios de la agricultura, que se celebraba el fin del período más oscuro del año y el nacimiento del nuevo período de luz, o nacimiento del Sol Invictus, 25 de diciembre, coincidiendo con la entrada del Sol en el signo de Capricornio) a la natividad de Cristo.

Portal vs. Árbol

La natividad de Cristo comenzó a celebrarse el siglo cuarto bajo el mandato del emperador romano Constantino I. Cuando éste se convirtió al cristianismo instauró esta nueva festividad como nexo de unión de todos los cristianos y como herramienta de evangelización. No es la primera vez que la iglesia católica toma decisiones de este tipo con el fin de adherir almas a su causa. Podríamos hablar sobre el origen de la Virgen María remontándonos hasta la Isis egipcia, y en la conveniencia de desarrollar una figura de culto a la madre tierra para "contentar" a los nuevos devotos procedentes de religiones animistas.
En cualquier caso esta celebración se centraba sobre todo en la epifanía de la revelación de Jesús al mundo pagano, no tanto del nacimiento en sí.
No comenzaron a usarse figuras para la representación del nacimiento hasta el siglo XIII, a pesar de estar prohibido expresamente por Dios en el Antiguo Testamento (Deuteronomio 5).
La opinión común de los especialistas de la arqueología cristiana ha sido que la primitiva Iglesia se mostró reacia a las imágenes, que no fueron incorporadas hasta aproximadamente el siglo IV o V. Esto se debe de nuevo a un movimiento por parte de la Iglesia Católica para hacer más cercana su religión y continuar anexionando adeptos. Aunque esta maniobra no se inicia precisamente con la representación del Belén, es en éste donde se alcanza uno de los hitos en esta materia.


Durante el siglo XVI se inicia la reforma protestante en Europa. Algunos autores tiene la creencia de que es en este periodo, concretamente en Alemania, cuna del protestantismo luterano, cuando surge (o resurge, ahora vemos por qué) el árbol como símbolo de la Navidad. Los protestantes no son muy amigos del uso de imágenes para su veneración, pues retoman en cierto modo algunas de las creencias ancestrales de los primero cristianos. Así que optan por tradiciones atávicas más ligadas al objeto de veneración en sí.
En la antigua Babilonia se festejaba el renacimiento de Tamúz (o se veneraba a Semiramis) colgando adornos y frutas sobre un árbol retoñado, símbolo del nuevo nacimiento. Parece evidente que la fuerte simbología y su probado uso pagano (no olvidemos que el cristianismo se fundamenta esencialmente en creencias paganas), hicieron de este símbolo el adecuado para la festividad que celebraba el nacimiento del salvador. Así se podría decir, contra aquellos que hablan de costumbre extraña, importada o de carácter anglosajón, en referencia al árbol de navidad, que posee más fundamentos para ser tildado de "auténtico", que el añejo y en ocasiones ridículo portal de belén.

Esto sólo es una muestra más de la sinrazón sincrética que la iglesia trata de hacer pasar como palabra divina.

En resumidas cuentas podemos quedarnos con lo siguiente:

  • La navidad proviene de una fiesta pagana muy anterior al nacimiento del Cristianismo.
  • Su celebración el día 25 de diciembre no responde a criterios puramente doctrinales.
  • El uso del belén se populariza en el siglo XIII.
  • El árbol de Navidad proviene de una tradición más antigua, que entronca directamente con la celebración en sí y con sus orígenes.
  • La Iglesia Católica fundamenta sus doctrinas en la mistificación de elementos de culto paganos sin otro fin que la propia expansión de la misma.

 

Fuentes:
Libros
El triunfo del paganismo. Claves ocultas del cristianismo. Xavier Musquera.
Los pecados de la Biblia. Mariano Urresti.


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De las creencias

Religión

Me han interesado (y aún me interesan) la religión y su ámbito. Las creencias de una persona hablan por ella, y nos dan pistas acerca de su carácter, y en ocasiones, de sus principios. A grandes rasgos, y ateniéndonos a sus creencias religiosas, podemos identificar tres tipos de personas: teístas, ateos y agnósticos (aunque se podría hilar más fino estableciendo sólo dos categorías: teístas y no-teístas. Ésta última englobaría a los ateos y a los agnósticos). Todos, incluso aquellos que no lo saben, se pueden encajar en uno de estos tres “modelos” con mayor o menor fortuna.

Seleneos / photocase.com

El teísta cree en una o varias deidades, o en un creador universal que regiría y mantendría el cosmos. Postula la existencia de un absoluto personal y trascendente o la existencia de ciertas entidades divinas que sin llegar a tener el estatus de dios, se encuentran en niveles superiores de existencia. Dentro del teísmo podemos encontrar multitud de creencias. Una relación de alguna de ellas, tal vez las más comunes, puede quedar como sigue:

  • Deísmo: creencia en un dios que trasciende el universo, al que rige mediante leyes establecidas. La existencia y la naturaleza de Dios se alcanza a través de la razón y la experiencia personal, y no mediante revelación directa, fe o tradición.
  • Pandeísmo: Dios ha creado al universo pero no interactúa con él porque el universo y Dios son lo mismo. Resulta de una combinación de deísmo y panteísmo.
  • Panteísmo: el universo y Dios son lo mismo. Podemos ver que difiere sutilmente del Pandeísmo en que aquí la inmanencia es total.
  • Monoteísmo: creencia en la existencia de un sólo dios. Monoteístas son las principales religiones del globo: Cristianismo, Judaísmo, Hinduismo, Islamismo...
  • Politeísmo: los integrantes de cualquier doctrina politeísta creen en la existencia de múltiples dioses o divinidades organizadas en una jerarquía. Ejemplo de ello fueron las grandes antiguas religiones: egipcia, griega, romana, celta o nórdica.

Aparte de los mencionadas podemos encontrar más modelos que intentan explicar el papel de Dios en el mundo, pero la muestra es significativa y sirve para hacerse una idea clara del concepto.

El ateo rechaza la creencia en dioses o en cualquier sistema de deidades. En ocasiones argumenta contra la existencia de un ser superior. Sin embargo ateísmo no implica irreligión. Hay religiones no teístas, como el Budismo, que podrían ser consecuentes con el principio ateo.

Se conoce como antiteísmo a una postura más radical que el ateísmo, que no sólo niega la existencia de dios, sino que se opone frontalmente a la misma.

El agnóstico es, a grandes rasgos, aquel que considera inaccesible el ámbito divino, por lo tanto no se posiciona ni a favor ni en contra. Se trata una doctrina basada en observaciones y experiencias, y por lo tanto declara como inaccesible todo fenómeno que escape de la experimentación o reproducibilidad. Existen diversas variantes dentro del agnosticismo. Expongo aquí las que poseen una diferenciación más marcada.

  • Agnosticismo fuerte: éste argumenta que es imposible conocer la existencia de dios o dioses porque es algo que escapa a las evidencias alcanzables por el conocimiento.
  • Agnosticismo débil: opuestamente al agnóstico fuerte, éste si cree que es posible alcanzar ese conocimiento, aunque aún esté por llegar.
  • Agnosticismo apático: conocido también como apateísmo, argumenta que la existencia de dios o dioses es irrelevante, que no afecta nada al decurso de la vida humana, pues nuestra naturaleza es la que es.
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