Ceguera

Literatura - Relatos

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sïanaïs / photocase.com

DESPERTÉ al mundo sumida en la negrura. Dicen que de pequeña casi no lloraba, supongo que por no desasir la realidad por completo. Permanecía atenta y centrada ya con meses. Atenta a los aires del norte, decía mi madre, a los que bajan de la sierra y calman la sangre. A mi sólo me calmaba la noche. Bendita paradoja. De algún modo la sentía desde mi alumbramiento.

No sé quién lo apreció antes, si la abuela Clementina entre rosario y rosario, o Alma, la joven que por entonces trabajaba en la gran casa del pueblo. Sólo en la ausencia absoluta de luz y por ende, de artificio, mi más valiosa y casi única vía de comunicación con el exterior se tornaba efectiva. Me incorporaba en el moisés y husmeaba a mi alrededor. La abuela Clementina se santiguaba con fervoroso pavor y se precipitaba a la diminuta capilla junto al pozo; dicen que Alma sonreía, que se acercaba y me susurraba algo al oído.

Tanto ha llovido que olvidé sus palabras, pero siempre he sospechado, que de algún modo me entendía, que al verme con los pequeños bracitos firmemente apoyados, la cabeza vuelta al cielo, y las aletas de la nariz hinchadas, sabía que como ella, yo también podía oler los colores.

Juan Ruano

 

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