
designritter / photocase.com
LA altura no le producía vértigo porque había vivido acostumbrándose a ella. Acariciada por el viento se balanceaba ahora, sumida en la profunda ensoñación de quien lo sabe todo perdido; de quien intuye que tras la caída se encuentra el final.
Día a día había ido agotando la lozanía de la juventud, quebrando los gráciles y suaves contornos y olvidando el apetito por lo nuevo. Al borde del primer y último abismo al que se enfrentaría aguardaba paciente y no tenía miedo; sentía orgullo por el trabajo bien hecho y agradecimiento por el don de la existencia.
Durante la caída, y el rítmico bamboleo que el viento le impuso, acaso sintió nostalgia del eterno hogar: la rama abandonada.
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