El Libro Mudo - Literatura

Ceguera

Relatos

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DESPERTÉ al mundo sumida en la negrura. Dicen que de pequeña casi no lloraba, supongo que por no desasir la realidad por completo. Permanecía atenta y centrada ya con meses. Atenta a los aires del norte, decía mi madre, a los que bajan de la sierra y calman la sangre. A mi sólo me calmaba la noche. Bendita paradoja. De algún modo la sentía desde mi alumbramiento.

No sé quién lo apreció antes, si la abuela Clementina entre rosario y rosario, o Alma, la joven que por entonces trabajaba en la gran casa del pueblo. Sólo en la ausencia absoluta de luz y por ende, de artificio, mi más valiosa y casi única vía de comunicación con el exterior se tornaba efectiva. Me incorporaba en el moisés y husmeaba a mi alrededor. La abuela Clementina se santiguaba con fervoroso pavor y se precipitaba a la diminuta capilla junto al pozo; dicen que Alma sonreía, que se acercaba y me susurraba algo al oído.

Tanto ha llovido que olvidé sus palabras, pero siempre he sospechado, que de algún modo me entendía, que al verme con los pequeños bracitos firmemente apoyados, la cabeza vuelta al cielo, y las aletas de la nariz hinchadas, sabía que como ella, yo también podía oler los colores.

Juan Ruano

 

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No hay tutía

General

L a expresión "No hay tutía" (debe escribirse junto pues nada tiene que ver con la relación de parentesco) tiene un curioso origen. La palabra tutía proviene de atutía y ésta del término árabe attutíyya. La atutía era un ungüento medicinal fabricado a partir de óxido de zinc utilizado para aliviar determinadas molestias oculares.

Con el tiempo, la palabra atutía se hizo extensiva y comenzó a ser usada como sinónimo de medicina o remedio. Así la expresión no haber (a)tutía vendría a significar, originalmente, ‘no haber remedio’.


Un ejemplo: ¡No hay tutía, hoy no sales!

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Etimologías (II). Bizarro

Lengua

Continuando con las etimologías me gustaría hablar de la palabra bizarro.

Según la RAE, Bizarro:

De it. bizzarro, iracundo).

1. adj.valiente (esforzado).

2. adj. Generoso, lucido, espléndido.


En francés bizarre es "extraño", "extravagante"; la lengua inglesa ha tomado la palabra del francés con el mismo significado. El hecho de que se trate de una palabra de grafía similar a nuetro "bizarro" ha provocado y aún provoca confusión en su significado, y por lo tanto en su uso. Algunas personas usan bizarro con el mismo significado que en francés y en inglés. El Diccionario panhispánico de dudas desaconseja ese uso:

«Debe evitarse su empleo con el sentido de 'raro o extravagante', calco semántico censurable del francés o del inglés bizarre: «-Es un nombre bizarro. -No cuando se ha nacido en Sídney y se es australiana» (Leyva Piñata [Méx. 1984]). Tampoco debe emplearse bizarría con el sentido de 'rareza o extravagancia'».

Esto no es algo aislado, de hecho, la escritura de esta entrada está motivada por algún periodista que en un programa de gran difusión nacional (del que no diré el nombre por motivos obvios) se llena la boca con la palabra bizarro cuando lo que en realidad debería decir es extraño o extravagante.


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Borges y los dones

Autores

Jorge Francisco Isidoro Luis Borges, más conocido como Jorge Luís Borges, o como Borges a secas es, según mi modesto criterio, no sólo el mejor escritor en lengua castellana que ha existido, sino el mejor escritor que haya existido jamás en cualquier lengua. Posturas políticas a parte ( de las que estoy convencido, Borges tuvo una visión más inocente de lo que se piensa), es incontestable la extrema calidad de sus escritos, hecho que le valió el puesto de director de la Biblioteca Nacional de Argentina. En ese momento, a la edad de 55 años, cuando se cumplía uno de los sueños del mayor lector de la historia, su ceguera total e irremisible era ya un hecho. Escribió para la ocasión el "Poema de los Dones", en el que describe la situación en la que se encuentra con ese particular estilo que lo caracteriza.

Aquí añado el comienzo, que encuentro sublime.


Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

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El Péndulo de Foucault

Publicaciones

ME encuentro estos días releyendo el magnífico Péndulo de Foucault de Umberto Eco. Es un gran libro repleto de erudición y de buena literatura. Un destilado mágico, más allá del propio y evidente que se desprende del tema tratado, rezuma de sus páginas; aúna a la perfección un cierto sentido místico de la vida con una sana dosis de escepticismo. Es capaz de tornar coherente toda la gran incoherencia mistérica.

Se ha hablado del Péndulo de Foucault como de un libro anti-esotérico, y puede que así sea, no voy a entrar a valorar eso, pero es curioso que a pesar de ello sea necesario tener un relativo conocimiento del tema para no sucumbir durante el proceso de su lectura. Es tal la cantidad de datos que se vierten en él, que seguir el hilo al inicio del mismo se puede volver una ardua tarea si el lector no está mínimamente familiarizado con la cábala, el Temple, los Rosacruces y demás fauna esotérica. No es de extrañar que el adjetivo “pedante” vaya en tantas ocasiones unido al nombre de Eco. Pero es que no es este un libro de usar y tirar, no está creado con ánimo de lucro, no pretende ser lo que mucho más tarde fue el infame Código Da Vinci. Es indiscutible el afán de Dan Brown de alcanzar un ápice de la cota que logra el Péndulo. Se hace evidente en sus páginas, que tratan el aspecto del Plan desde el otro lado, desde el opuesto al que Casaubon, Belbo y Diotallevi concibieran el suyo, el esfuerzo por reducir lo refinado a “pan y circo”, mucho más vendible y notablemente mejor remunerado. Es cuestión distinta que lo bueno guste; nadie puede culpar a Umberto Eco de eso, aunque se haya querido encontrar en sus páginas la carencia de estilo, la falta de unidad y la frialdad. Yo no soy crítico literario ni pretendo serlo, pero me resulta imposible concebir una obra de estas características sin esa densidad y esa locura de datos e información; sin ese distanciamiento que pretende hacer del juego algo intelectivo y no emocional; sin ese estilo digresivo que como el propio tema (confuso, oscuro y en ocasiones contradictorio), oscila entre la locura y la cordura, entre lo explícito y lo implícito.

Al final queda lo de siempre: no basta que el Péndulo de Foucault sea bueno o malo, con que esté bien o mal escrito; lo importante es que se disfrute de sus páginas. Particularmente yo lo hago, y mucho, por eso de vez en cuando vuelvo a él para realizar una nueva lectura, siempre como la primera, siempre distinta y siempre satisfactoria.

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