Nuestra historia está plagada de pasajes bochornosos que muy lejos de ser capítulos aislados o puntuales, se distribuyen a lo largo de los últimos siglos como si de vergonzantes pústulas se tratara. Uno de los más deshonrosos, bajo mi punto de vista, es la expulsión de los moriscos.

La península fue árabe algo más de 700 años, durante el período comprendido entre los años 790 y 1492, tras lo cual pasó a dominio cristiano. Muchos musulmanes quedaron en estas tierras dominadas y pasaron a engrosar la población que en ellas se estableció; fueron llamados mudéjares, del árabe “domesticados”.
Poseían libertad de culto, pero pagaban más impuestos que los cristianos. Como no podía ser de otra manera, dado el carácter mezquino del que en tantas ocasiones hacemos gala los humanos, ese débil equilibrio no tardó en romperse. Pronto se suprimió la libertad de culto y se obligó a los mudéjares a convertirse al cristianismo; a partir de ese instante pasaron a ser llamados “cristianos nuevos de moros”, término que derivó, por el uso popular, en el de moriscos.
Los moriscos se podían encontrar en todos los estratos sociales, desde el campo hasta la nobleza, y en todas las áreas de la cultura. Sus aportaciones en los avances técnicos del campo fueron muchos, desde aparejos hasta sistemas de regadío. Los nobles eran conscientes del potencial de los moriscos; un refrán de la época rezaba:”quien tiene moro, tiene oro”. Además eran estos los que mantenían sus riquezas con los impuestos que pagaban, ya que los castellanos que traían de otras tierras para repoblar estaban exentos. Tal vez era demasiado pedir una convivencia pacífica, donde cada cual se encargara de sus asuntos y rindiera culto al dios que buenamente hubiese elegido.
El caso es que la presión que los moriscos recibieron socialmente contribuyó al deterioro de su cultura; la persecución de la élite religiosa musulmana provocó el empobrecimiento de la tradición morisca. Progresivamente pasaron a formar parte de las áreas de trabajo más duro. Los artesanos cristianos fueron uno de los grupos de presión más hostil, los que más fomentaron este desplazamiento como pago por el que previamente habían sufrido ellos dada la alta calidad de los trabajadores musulmanes.
Los motivos de su expulsión hay que buscarlos en varios frentes. Se pueden argüir razones sociales, políticas y religiosas. Una de los principales fue la incapacidad de asimilar la comunidad morisca por parte de la sociedad cristiana.
La pureza de la sangre obsesionaba a una cultura que se sentía elegida y que veía en los moriscos unos seres infieles e impuros a los ojos de Dios. Eso unido a la crisis económica del momento y el miedo a una posible sublevación (como la ocurrida en las Alpujarras granadinas) sirvió de acicate y de excusa a un rey, Felipe III, que movido por su afán de protagonismo y por la necesidad de purga de terribles errores administrativos y militares, vio en la expulsión el fin de todos sus males.
Así, durante el gobierno del Duque de Lerma, valido de Felipe III, alrededor de 300.000 moriscos fueron expulsados de la península y despojados de todas sus pertenencias, sólo les fue permitido quedarse aquellas que pudieron llevar consigo; casas y tierras pasaron a manos de sus señores. Para rizar el rizo, y demostrar qué era aquello de la caridad cristiana que tanto se pregonaba en las iglesias, obligaron a pagar precios exorbitados por los pasajes en galeras atestadas que en el peor de los casos los conducía hacia una muerte segura. El inevitable tránsito que desde sus hogares los conducía a la expulsión, se recuerda como uno de los más atroces de la historia, sobre todo en el caso de los moriscos castellanos, que fueron conducidos en penosas caravanas humanas a través de nevadas montañas y parajes escarpados e inhóspitos. Muchos no llegaron a su punto de embarque y dejaron su cuerpo en el camino (de hecho hay cifras que hablan de un 90% de fallecimiento en tránsito). De los que llegaron los hubo con suerte: arribaron a Túnez donde fueron tratados como humanos y pudieron rehacer sus vidas; otros, más desafortunados, fueron a dar con los piratas berberiscos y terminaron sus días como esclavos, cruelmente asesinados, o engrosando las filas de los propios piratas.
Aún quedarían muchísimos aspectos que reseñar y para ello os conmino a que leáis alguno de los enlaces que dejo a continuación.
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